El lugar, ya saben, se llama Prende, como se dice cuando uno, dos, muchos se organizan para encender un fuego, calentar agua y pelar tomates -seis cajones en total- que convertidos en puré, se envasan luego en cien botellas con tapa a las cuales, envueltas en papel y colocadas con cuidado dentro de un tambor, se las deja hervir durante un buen rato, hasta garantizar que la pulpa que contienen perdure, incorruptible, por los próximos meses, lista para teñir con su color estival el tuco de los fideos un mediodía cualquiera del invierno que se avecina.
Pero como tampoco la salsa preexiste a las relaciones que la constituyen, acá hay que mencionar, sin falta, a todos los que se sumaron a esta jornada de trabajo colectivo:
a Pablo García y al rincón de productores; a Gaby Diez del taller protegido Santa Rita; a las profesionales del Centro de Salud Leonor Capelli; a la gente del merendero del Bulevar y del merendero Los Peques, allá en las quintas del barrio Saladero; a Mica Cabezas que, con su reflexión, se llevó todos los laureles; y al grupo Corazones Libres por ponernos a bailar bachata, chacareras y, por supuesto, ¡salsa!, muchas gracias y que salga rico.





