QUĆ RĆPIDO RUEDAN LAS RUEDAS DEL FERROCARRIL
Un museo de juguete para los trenes de verdad
El Museo del Juguete de Boulogne -San Isidro-, y Ferrowhite -museo taller del puerto de Ingeniero White-, se suben al tren de pasajeros que une BahĆa Blanca con Buenos Aires para inventar por sus pasillos un pequeƱo museo ambulante con locomotoras de lata que preguntan: ĀæDónde quedó aquella promesa de un mundo en el que todo marcha sobre rieles?
Existen muchos medios de transporte pero la imaginación, seƱoras y seƱores, viaja en tren. ĀæSerĆ” por eso que existiendo cohetes, submarinos e internet, los chicos siguen jugando con trenes de vapor? En nuestra colección minĆŗscula cabe la historia de un paĆs. O la historia de cómo ese paĆs se soñó a lo largo del tiempo: trenes que acarrean frutas desde la Patagonia, trenes que transportan combustible de YPF, trenes llenos de pasajeros felices en Ć©pocas en que āel tren de la alegrĆa no anda por la vĆaā.
14 horas dura el viaje entre Buenos Aires y BahĆa Blanca arriba de la formación de Ferrobaires. 14 horas sobre una ruina que rueda sobre vĆas que parecen mĆ”s viejas que el Partenón. Mucho tiempo con poco y nada por hacer. Correr un trencito āMatarazzoā por los pasillos de un coche clase turista que traquetea destartalado, acaso sea la ocasión para tensar la imagen de los servicios ferroviarios de los Ćŗltimos aƱos -y sus recientes tentativas de recuperación- con los pronósticos de prosperidad que forjaron nuestro imaginario sobre este medio de transporte.
La idea, entonces, es crear un museo en miniatura. Un museo de juguete sobre los trenes de juguete que viaje en tren de Boulogne a Ingeniero White. Un museo con rueditas para llevar las reliquias del ferrocarril soƱado hasta los postergados pasajeros del ferrocarril real. Y para jugar, porque de eso depende, en definitiva, nuestra capacidad para modelar el porvenir. Si tenemos Ʃxito, puede que al cabo del trayecto ya no se sepa si viajamos en un tren de juguete o jugamos con un tren de verdad.












