Con más de 150 artistas en escena y un Auditorio Caronti que latió a sala llena, la Semana del Tango demostró que el 2×4 no es un recuerdo del ayer, sino el latido vivo de nuestro presente.
Hay momentos en los que una ciudad se reconoce a sí misma en un acorde, en una voz o en un paso de baile. Bahía Blanca acaba de vivir una de esas primaveras del alma. Bajo la sensible coordinación del Instituto Cultural, con Natalia Martirena y Gustavo Kamerbeek a la cabeza, la Semana del Tango no solo llenó teatros; inundó las calles y recuperó la memoria colectiva de un pueblo que late en clave de tango.
El Auditorio Luis Caronti fue el corazón de este festejo. Cada noche, el silencio respetuoso daba paso a la ovación. Desde la audacia joven de «Carmen Tango» hasta la elegancia del sexteto «La Mariposa», el público fue testigo de una cultura que se ramifica y florece.
Imposible olvidar el tributo de Nora Roca y Víctor Volpe a la inmensa Eladia Blázquez, o la intensidad de Fernando Santiago invocando a Piazzolla. El «Ritual de Encuentro» fue otro puente de oro: allí, la sabiduría de maestros como Schimizzi y Rojas se fundió en un abrazo con la fuerza nueva de Pablo Gibelli y Jorge Vignales, recordándonos que el tango es una posta que se entrega con amor.
Pero el tango en Bahía también es calle. Fue emocionante ver cómo la ciudad recuperaba su historia con la restitución de la placa de Carlos Gardel en el Café Miravalles, devolviéndole la mística a esa esquina que nos pertenece a todos. Gracias a la gestión de Karina Sánchez desde Turismo, el Bus Turístico se transformó en una cápsula del tiempo, llevando a vecinos y visitantes por esa «Ruta del Tango» que dibuja nuestra identidad.
En el 198° aniversario de nuestra fundación, el regalo fue la palabra y la música. José Valle, ese guardián incansable de nuestros recuerdos, nos regaló una crónica íntima que nos hizo viajar por los personajes que hicieron grande a nuestro arrabal. A su lado, la voz de Gaby —con ese magnetismo que solo tienen las que cantan con el corazón— le puso piel y suspiro al relato histórico.
El broche de oro sonoro lo puso el ensamble «Un Poroto». Bajo la dirección de Nicolás Fernández Vicente, la dulzura del oboe y el corno inglés se entrelazaron con el fuelle, demostrando que en Bahía la calidad artística no tiene techo.
Uno de los momentos más profundos fue el reconocimiento a las mujeres que sostuvieron el tango cuando el viento soplaba en contra. Susana Matilla, Nora Roca, Roxana Soler, Silvana Lorena, Laura Borelli, Gisela Gregori y Mónica Odoux recibieron algo más que un diploma; recibieron el calor de una ciudad que les dijo: «Gracias por no haber bajado nunca los brazos».
Desde las cervecerías modernas hasta el entrañable Café Histórico, el tango demostró su vigencia. Espacios como Prisma o Madison vibraron con propuestas nuevas, probando que el género sigue siendo el lenguaje de la noche bahiense.
Bahía Blanca no solo cerró una semana de espectáculos; abrió una puerta hacia el futuro. Demostró que nuestra identidad no es un archivo guardado en un cajón, sino un fuego que se alimenta con cada abrazo, con cada nota y con la certeza de que el tango nos sigue encontrando para decirnos quiénes somos.





