Estas vacaciones de invierno, el museo se llenó de chicas y chicos que participaron de recorridos por las salas y los encuentros del Taller de hacer lanchitas y del taller de escritura Una manzana en la cabeza.
La cocina del museo se convirtió una vez más en un astillero en miniatura: mientras los chicos y chicas escuchaban a pescadores contar sus historias, construyeron lanchas con mini redes, mini mástiles y mini cajones.
También les pusieron nombres de lanchas que pescan o pescaron en la ría: Antonito Sexto, San Antonio, Stella Maris, Amada María, Mar Atorrante. Así, al final de cada día, todas las embarcaciones juntas formaron parte de una historia colectiva que sigue creciendo cada año.
¿Por qué hay tantas manzanas en las salas? Es una pregunta que se escucha siempre en las visitas. «Hay que comer manzanas porque hacen bien a la memoria», decían las vecinas de White. Y un museo también se hace de lo que se escucha en la cocina.
Por eso, les propusimos a las chicas y chicos jugar con palabras a imaginar el mundo con una manzana en la cabeza. En los poemas que escribieron las manzanas viajaron a China, a París, jugaron como una pelota o un carrusel, volaron como mariposas, caminaron con el corazón en la mano o lucharon como personajes de un comic mientras sufrían algún mordiscón.





