Algo hermoso está amasando la gente en el barro de la incertidumbre. Mientras desde las terminales del poder central se desata un ataque desmedido contra todo lo que huela a identidad nacional, una marea silenciosa pero rotunda está respondiendo con el cuerpo.
No es una resistencia de consignas vacÃas ni de discursos de barricada; es una militancia del abrazo, de la escucha y del encuentro que se vive cada noche en las milongas y en las peñas de nuestro paÃs.
El asedio oficial al sector de la cultura —materializado en desfinanciamientos, desprecio discursivo y un intento deliberado de licuar los lazos comunitarios— encontró su lÃmite en la calle.
Frente a la crueldad programada, la comunidad respondió con un desborde de asistencia a los espectáculos independientes. Ver las salas llenas, los clubes barriales colmados de jóvenes y viejos compartiendo un tango, y las peñas folklóricas encendidas es la prueba de que el tejido social se niega a romperse.
Los artistas y los gestores culturales, pedaleando contra el viento de la crisis económica, sostienen los escenarios ya no solo como plataformas de entretenimiento, sino como auténticas trincheras de resistencia cultural.
Hay una lucidez colectiva en este fenómeno. La gente entendió que pagar una entrada, aplaudir de pie a un músico local o sostener el buffet de un centro cultural independiente son actos profundamente polÃticos. Ir a ver tango o folklore hoy es disputar el sentido de la patria.
Es decir, con los pies en la pista y el pañuelo en el aire, que nuestra memoria no está en venta y que la alegrÃa compartida es el antÃdoto más eficaz contra la intemperie que pretenden imponer como norma. Lo que se está amasando en esos espacios es la dignidad del futuro.





