La cantidad de agua que una persona bebe cada día podría influir de forma directa en su presión arterial. Cada vez más evidencia científica apunta a que el cuerpo eleva la tensión como respuesta para evitar la deshidratación, un mecanismo que funciona con independencia del consumo de sal y que desafía la visión tradicional sobre las causas de la hipertensión.
Así lo determinó una investigación publicada en la revista científica Nephrology Dialysis Transplantation. El trabajo analizó a 126 participantes mediante dos protocolos complementarios y concluyó que la falta de hidratación —y no solo el exceso de sodio— puede disparar el aumento de la presión. De acuerdo con las guías de salud vigentes, beber entre seis y ocho vasos de agua diarios contribuye a mantener niveles de presión saludables.
Participantes en un hábitat cerrado registraron subas de presión al reducir su ingesta de líquido

El primer protocolo del estudio, denominado Mars500, evaluó a seis hombres sanos que vivieron en un ambiente controlado durante 205 días. Durante ese período, recibieron dietas con distintos niveles de sal y entregaron muestras de orina a diario. Los datos revelaron que la presión sistólica subió en promedio 8 mmHg cuando el consumo de líquido era bajo y la orina presentaba alta concentración.
El segundo protocolo, llamado SSIS, se llevó adelante bajo condiciones de vida cotidiana. Los investigadores compararon a 79 adultos sanos con 47 pacientes con hipertensión esencial. Las personas con presión alta mostraron una mayor concentración de solutos en sangre y una menor capacidad renal para eliminar agua libre.
El dato más revelador fue que la excreción de sodio en 24 horas resultó similar en ambos grupos. Esto sugiere que no es la sal la que impulsa el aumento de la tensión, sino la necesidad del organismo de conservar agua para evitar la deshidratación.
La falta de agua activa hormonas que contraen los vasos sanguíneos

Cuando el cuerpo no recibe suficiente líquido, se pone en marcha una reacción hormonal en cadena. El volumen de sangre disminuye y la concentración de sodio en plasma aumenta, lo que estimula la producción de vasopresina. Esta hormona retiene agua en los riñones y, al mismo tiempo, contrae los vasos sanguíneos.
Esa constricción obliga al corazón a bombear con mayor fuerza y, como consecuencia, la presión arterial sube. En paralelo, la deshidratación también activa la angiotensina II, otra hormona que estrecha las arterias y agrava la situación.
El equipo de investigadores identificó además que los participantes hipertensos producían más urea, una sustancia de desecho vinculada al proceso de retención de agua. Una hidratación adecuada, en cambio, favorece el equilibrio del volumen sanguíneo y reduce la necesidad de activar estos mecanismos de emergencia.
Beber más agua no siempre es la solución para todas las personas

Pese a los beneficios de mantenerse bien hidratado, beber agua en exceso puede resultar contraproducente en ciertos casos. El Instituto Nacional de Ciencias de Estados Unidos recomienda que las mujeres adultas consuman alrededor de 2,7 litros de líquido diarios y los hombres cerca de 3,7 litros, incluyendo el agua presente en alimentos como frutas, verduras y lácteos.
Sin embargo, quienes padecen enfermedad renal crónica severa pueden experimentar un alza tensional al ingerir líquido de más. Las personas con insuficiencia cardíaca, por su parte, suelen recibir indicación médica de restringir fluidos para no sobrecargar el sistema circulatorio.
Los especialistas insisten en que el agua es una herramienta complementaria para cuidar la presión arterial, pero no sustituye la medicación ni el seguimiento médico. La recomendación general es consultar con un profesional de la salud antes de modificar los hábitos de hidratación, sobre todo si existen patologías previas. La clave, según los expertos, está en encontrar el punto justo entre una hidratación suficiente y las necesidades de cada organismo.
Fuente: Infobae





