Hay ciudades que guardan sus mitos en los bolsillos del abrigo y los dejan salir solo cuando la noche se vuelve propicia.
El pasado viernes 12 de junio, bajo el frío invernal de Bahía Blanca, el SUM del Bahía Blanca Plaza Shopping dejó de ser un simple espacio urbano para transformarse en un patio de adoquines espirituales; un rincón suspendido en el tiempo donde se dieron cita los fantasmas más queridos de nuestra memoria popular.
Ante una marea de almas que colmó la sala, el prestigioso ciclo cultural Bahía Blanca No Olvida encendió una hoguera necesaria bajo el título «Dos Pasiones, Un Mismo Abrazo: El tango y el mundial de fútbol».
La palabra, cuando nace del afecto, tiene la capacidad de fundar mundos. Guiados por la cadencia hospitalaria de Paola Marco, el periodista deportivo Walter Gullaci y el escritor José Valle asumieron el rol de sutiles arqueólogos de la nostalgia.
No dictaron una conferencia; tejieron un viaje de ida y vuelta entre la geometría de la gambeta y el latido del arrabal. Con una complicidad que solo otorga el amor por lo nuestro, desovillaron mitos de pantalones cortos y desenterraron epopeyas de los mundiales, demostrando que el potrero y la milonga se hamacan bajo el mismo cielo sentimental.
Entre el público, amparando ese rescate de la identidad colectiva, se encontraba la Directora del Instituto Cultural, Natalia Martirena.
Pero el fútbol y el tango, antes que disciplinas, son hombres que le ponen el cuerpo al destino. El aire se volvió denso, casi sagrado, cuando llegó la hora de los abrazos justos.
El living se transformó en un altar de gratitud para acariciar la leyenda de cuatro hombres que son parte del patrimonio emocional de la ciudad: Rodrigo Palacio, José Ramón Palacio, Julio Román y Martín “Gula” Aguirre.
Sus nombres, esculpidos en el eco de los viejos tablones bahienses, recibieron el aplauso cerrado de una comunidad que se reconoce en sus ídolos.
Las distinciones oficiales —entregadas por Gullaci, Valle, Carlos Benítez y la Directora de Turismo, Lic. Karina Sánchez— fueron mucho más que un bronce: fueron un «gracias» rotundo dictado por el corazón de la ciudad.
Hacia el final, cuando la emoción buscaba su cauce, la música se hizo carne y herida. Primero fue el turno del Taller de Canto del Centro de Jubilados de KM 5, cuyas voces, curtidas por los otoños de la vida, recordaron que la pasión es un fuego que no conoce crepúsculos.
Luego, como un suspiro definitivo, llegó el broche de oro con Gaby, «La voz sensual del tango».
Su interpretación, de una vibración casi mística, desgarró la penumbra y dejó flotando en el ambiente esa melancolía luminosa que solo el bandoneón sabe parir.
La noche, libre y gratuita, se disolvió en el frío de la medianoche, pero dejó en los asistentes una certeza flotando en el aire: mientras haya un tango por cantar y una pelota rodando en la memoria, el alma del pueblo seguirá estando a salvo.





