Catangos. Así se los conoce en la jerga ferroviaria y su sólo nombre convoca horas de intemperie y trabajo sacrificado. Días de pico y pala. Todo un orden de tareas dedicado menos al tren, al grano que transporta o a la renta que genera, que a la vía que sostiene, parche sobre parche, su traqueteo.
Pero resulta que en este museo los catangos, además, estudian. Aprenden sobre sistemas de señales y normas de circulación, consultan el RITO y el RO, el antiguo y el nuevo testamento de la fe ferrocarrilera. Por eso se los ve salir al parque a fumar con nervios de padre primerizo. Porque en un rato rinden exámen frente a los inspectores de la Comisión Nacional de Regulación del Transporte.
Acá aprovechamos para conversar con ellos y sumar sus voces a nuestro archivo, delante de todos esos ferroviarios en sepia que, desde las fotos, se podría jurar que nos miran. Si Ferrowhite sirve, en alguna medida, para contarle a estos muchachos cómo era el ferrocarril en otras épocas, su presencia vuelve tangible en este lugar qué tal es trabajar, hoy por hoy, en pampa y la vía.
De marzo a mayo, el personal de vías y obras de Ferroexpreso Pampeano S. A., afiliado a la Unión Ferroviaria, lleva adelante en Ferrowhite el curso de conducción de vehículos de carretera-ferrocarril (hi rail) dictado por Néstor Ibarra, docente de la Escuela Carlos Gallini de la Fraternidad, el sindicato de conductores de trenes de la Argentina.





