Cuando el agua entró en las casas, fue nuestra compañera Yésica Peluffo, junto a un grupo de vecinas, las que se las arreglaron para llegar hasta acá y convertir al museo en refugio para todo el barrio.
A un año de la inundación, en la víspera de un nuevo 8M, volvimos a encontrarnos en el taller Prende con la idea de recordar aquel día y reflexionar, en ronda, sobre el rol de las mujeres en el sostén de la vida de este pueblo.
Gabi contó que terminó el 2025 cansada, con la sensación de que el año se le hizo larguísimo. Muchas de nosotras estamos crónicamente agotadas. Sin un tiempo y un lugar que podamos reconocer como propio. Es que la tarea de alimentar, de curar y dar abrigo no tiene pausa ni relevo. «Es que sin nosotras esto no funca», dijo Patricia, del merendero del Bulevar Juan B. Justo.
El barro que nos tapó dejó al descubierto que el cuidado no es sólo una cuestión individual, o familiar, que exista de la puerta para adentro, que concierna sólo a las mujeres, sino aquello que mantiene a una sociedad entera a flote a la hora de una catástrofe climática, en tiempos de penuria económica y pérdida de derechos.
Oculto, precario, mal pago, la mayoría de las veces ni siquiera remunerado y, últimamente, apremiado por las deudas, el cuidado nos sostiene, pero en sus lógicas de reciprocidad y apoyo mutuo quizás anide también la potencia para transformarnos.
A las integrantes del equipo del Centro de Salud Leonor Cappelli, de la Dirección de Género municipal, del grupo «Viernes saludables», del merendero «Los peques de las quintas», del merendero del Bulevar, y a Sofi y sus magias, muchas gracias por ser parte.





