En las mañanas incandescentes de enero, el museo representa, antes que nada, la promesa de un rato a la sombra.
No una atracción principal, aunque sí un lindo programa. No tanto un imperdible como la invitación a perderse tras los pasos de los veraneantes de otras épocas, cuando el derecho al descanso no era tan obvio (¿lo es hoy?) y el turismo de masas resultaba un asunto más o menos reciente.
Esos que podían subirse a un tren en Bahía para bajar acá nomás, en la playita Galván, o a cientos de kilómetros, en la regia Mar del Plata.
En cualquier caso, Ferrowhite busca ser una oportunidad para pasar las vacaciones en estado de vacancia. O sea, de disponibilidad.
Esa habilidad para andar por ahí lo más pancho, sustraído a la obligación de trabajar pero también de divertirse -y mostrar que uno se divierte-, un poco al margen de todos los mandatos, incluido el de cumplir con lo que un museo espera de sus visitantes.





