Como cada 8M, se reunieron en el museo distintas generaciones de mujeres de White, esta vez para preguntarse ¿Qué cocinas mueven y movieron el puerto desde sus inicios?
«Padre estibador, con ocho hijos, mamá cocinaba y planificaba toda la semana», «mi mamá era como un ministro de Economía», «yo me jubilé hace un año, pero de la cocina nunca me jubilé», son algunas de las frases que se escucharon.
Hijas de estibadores, pescadores, obreros portuarios recordaron que la alimentación de sus padres estaba basada más que nada en lo que comían en casa o la vianda hecha por su mujer o su madre, que no recibían paga.
También estuvieron presentes estudiantes y docentes de Economía de la UNS, vianderas, trabajadoras de restaurantes, comedores, cocineras de ollas populares de hoy. Hablaron sobre los cambios que se dieron a lo largo del tiempo, como la inserción de las mujeres en el campo laboral, pero también de cómo la mayoría sigue estando a cargo de las tareas del hogar y otras trabajan sosteniendo espacios de alimentación, en algunos casos como voluntarias.
Ahí es donde aparece la economía a sacar cuentas: si en su lugar fuera necesario contratar cocineras (también niñeras, trabajadores de limpieza, etc.), los salarios de quienes van a trabajar al puerto deberían ser muchísimo más altos para pagarlo. ¿Cuántos millones se ahorran las empresas en el mantenimiento de la mano de obra para que sea posible el movimiento portuario? La propuesta fue que esta pregunta no quede fuera de las estadísticas o los modos de pensar la economía argentina, que estas voces se escuchen incluso cuando hablamos del PBI de un país.





