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Inicio Cultura

Yo soy Benteveo

El último sÔbado, junto a nuestro amigo Ezequiel Semo, fuimos a Saldungaray a conocer el taller de Adolfo Ferreira. Llegamos, por las dudas, después de la siesta, pero como intuíamos, a esa hora Ferreyra tampoco descansa.

Ingeniero White de Ingeniero White
26/01/2016
en Cultura
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ā€œDel museo Ferrowhiteā€, le decimos, ā€œvenimos a conocer el cochemotorā€. Y en eso estaba precisamente Adolfo, esa tarde calurosa. Una Ā«idea locaĀ» que de a poco va tomando cuerpo: fabricar un vehĆ­culo doble comando con capacidad para 26 personas. Ya estĆ”n listas las ruedas y el chasis. La idea es andar por la vĆ­a entre CarhuĆ© y EpecuĆ©n Ā«o por donde la Comisión Nacional de Regulación del Transporte me habiliteĀ». Y si no, Ā«lo corto en pedacitos y lo vendo como souvenirā€, bromea.
benteveo1Adolfo trabajó un año en los talleres de Boulogne del ferrocarril Belgrano. Entró de peón y terminó siendo jefe de cuadrilla de relevo, haciendo la reparación de los coches de pasajeros en el turno de la noche. Desde hace 35 años vive en Saldungaray. En la esquina de Pellegrini 107, atiende junto a sus hijos la carpintería que ocupa el edificio de la antigua Farmacia de las Sierras. Ahí fabrican, entre otras cosas, puertas, muebles, alacenas y ruedas para carruajes. La carpintería no ocupa sólo el salón sino que se extiende por el patio: sierras, tupís, tornos, agujereadoras y otras herramientas de todo tipo y tamaño se entreveran con Ôrboles de ciruela, fierros y lonjas de madera cortadas ahí mismo y apiladas.
benteveo3Como las pestaƱas de las ruedas de un tren que se balancean sin tocar el riel, la conversación hace equilibrio entre temas varios. Adolfo pasa de explicarnos cómo funciona el cochemotor que estĆ” fabricando -ā€œsencillo, para que cualquier mecĆ”nico pueda arreglarloā€- a los problemas del transporte en Argentina, muchos menos fĆ”ciles de resolver: camiones muy grandes y autos veloces sobre rutas hechas para carretas como las que Ć©l repara. De mostrarnos el barco que hizo para la escenografĆ­a de un acto escolar (cuyo efecto de navegar entre olas no pudo ver porque era Ć©l mismo quien lo hacĆ­a funcionar), a contarnos el chiste de un paisano que al bajarse del tren en Retiro encuentra una locomotora manicera y empieza a golpearla diciendo que ā€œa estas hay que matarlas de chiquitas, porque de grandes te arruinan el ganado. A mĆ­ ya me mataron tres.ā€

Ir a conversar con Adolfo no es hacer una entrevista del modo convencional: no concertamos una cita, no llevamos grabador, no tenemos en mente una serie de preguntas insoslayables. En este caso el orden, ā€œel despachoā€ de la información, como dirĆ­a Semo, adquiere una forma particular. Sucede a medida que se muestran unos bocetos, se acciona una palanca o se dibuja, o se cuenta, a medida que se conoce al interlocutor: ā€œĀæVos quĆ© sos, carpintero o benteveo?ā€, le pregunta a Guillermo. Y enseguida distiende, ā€œyo soy benteveoā€.

Lo ponemos al tanto del proyecto que estamos llevando adelante en la Rambla de Arrieta de construir mobiliario exterior con viejos durmientes de ferrocarril, y de los problemas que surgen de enfrentar en la prĆ”ctica una madera tan pesada y dura. ā€œĀæCómo se corta, cómo se agujerea el quebracho?ā€, preguntamos entre urgidos y esperanzados. Adolfo pone a disposición lo que aprendió en los tres aƱos que hizo en la escuela industrial Raggio pero sobre todo lo que experimentó en sus treinta y cinco aƱos de oficio. ā€œMejor si estĆ” mojadoā€, dice, y enseguida aclara Ā«no es que sea un genioā€. Descubrió ese yeite luego de que una lluvia de invierno le empapara una pila de durmientes que tenĆ­a en el patio lista para cortar. ā€œY se cortaban como mantecaā€. Como un alquimista generoso, nos revela uno de los descubrimientos de su laboratorio a cielo abierto. Acaso porque sabe que para aprender carpinterĆ­a hay que mirar ā€œlo que se hizo antesā€. Ā«Descular un oficioĀ» como se devana un ovillo de lana o se desarma un vagón de madera, empezando justo por el final.
Fuente: Ferrowhite Museo Taller.
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