Adolfo trabajó un año en los talleres de Boulogne del ferrocarril Belgrano. Entró de peón y terminó siendo jefe de cuadrilla de relevo, haciendo la reparación de los coches de pasajeros en el turno de la noche. Desde hace 35 años vive en Saldungaray. En la esquina de Pellegrini 107, atiende junto a sus hijos la carpintería que ocupa el edificio de la antigua Farmacia de las Sierras. Ahí fabrican, entre otras cosas, puertas, muebles, alacenas y ruedas para carruajes. La carpintería no ocupa sólo el salón sino que se extiende por el patio: sierras, tupís, tornos, agujereadoras y otras herramientas de todo tipo y tamaño se entreveran con árboles de ciruela, fierros y lonjas de madera cortadas ahí mismo y apiladas.
Como las pestañas de las ruedas de un tren que se balancean sin tocar el riel, la conversación hace equilibrio entre temas varios. Adolfo pasa de explicarnos cómo funciona el cochemotor que está fabricando -“sencillo, para que cualquier mecánico pueda arreglarlo”- a los problemas del transporte en Argentina, muchos menos fáciles de resolver: camiones muy grandes y autos veloces sobre rutas hechas para carretas como las que él repara. De mostrarnos el barco que hizo para la escenografía de un acto escolar (cuyo efecto de navegar entre olas no pudo ver porque era él mismo quien lo hacía funcionar), a contarnos el chiste de un paisano que al bajarse del tren en Retiro encuentra una locomotora manicera y empieza a golpearla diciendo que “a estas hay que matarlas de chiquitas, porque de grandes te arruinan el ganado. A mí ya me mataron tres.”
Ir a conversar con Adolfo no es hacer una entrevista del modo convencional: no concertamos una cita, no llevamos grabador, no tenemos en mente una serie de preguntas insoslayables. En este caso el orden, “el despacho” de la información, como diría Semo, adquiere una forma particular. Sucede a medida que se muestran unos bocetos, se acciona una palanca o se dibuja, o se cuenta, a medida que se conoce al interlocutor: “¿Vos qué sos, carpintero o benteveo?”, le pregunta a Guillermo. Y enseguida distiende, “yo soy benteveo”.





